Partimos de una premisa simple: respetar la estructura original del quincho, pero liberar su densidad visual. Quitamos la tonalidad marrón y lo llevamos hacia una paleta clara, casi aireada. La madera se tiñó en tonos naturales y sumamos la calidez del laurel con laca mate. La tapicería de lino blanco suaviza el espacio, mientras la iluminación LED cálida recorre cada mueble, resaltando gestos y texturas. El piso, en mármol 120×120, aporta presencia serena. Al ingresar, una isla de líneas curvas se vuelve protagonista: ordena, recibe y define una nueva manera de habitar este lugar.