Levantamos una casa en dos bloques puros, blancos y serenos, que se alzan como volúmenes esenciales frente al paisaje. El tiempo se filtra a través de pérgolas de madera, un gesto estructural que deviene poesía, proyectando un juego de luces y sombras que acompaña la vida interior. Las aberturas en negro otorgan carácter y contraste, mientras que el interior se despliega completamente conectado, continuo, como un relato sin interrupciones. Un refugio contemporáneo donde la geometría dialoga con la emoción de habitar.