Volví a MONTHEY tres años después, de su construcción.
Esta casa antigua —muy antigua- nos tiró con piedras, literalmente.
Pero lejos de esquivarlas, las usamos para construir algo mejor.
No sé si es mi obra favorita por el diseño, sino, por todo lo que no se ve: el caos del proceso, las charlas con Mariel que eran casi terapia, y esa confianza absoluta que me dieron… como si supieran que todo iba a salir bien.
A veces pienso que la arquitectura es eso: un acto de fe entre quien sueña y quien construye. Y yo, siempre del lado de los que se animan.
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