En El Durazno, una casa de 80 m² flota sobre vigas en voladizo, aferrada a la montaña.
Oscura, de piedra y madera, se disuelve en el paisaje.
El vidrio la abre al cielo.
Un pasillo-puente, suspendido sobre el vacío, conduce al refugio privado, convirtiendo el trayecto en un acto de contemplación.
Aquí, la arquitectura no se impone: desaparece para ser parte de la montaña, mientras el habitar se vuelve diálogo constante con el viento, la luz y el abismo.